El gato que venía del cielo


Soy una amante de los gatos, es por ello que cuando iba recorriendo la librería Ateneo años atrás en Buenos Aires y vi sobre una mesa un libro con la linda cara de un gato en su portada, con un título que hacía referencia a este animal, simplemente lo tomé y lo metí en mi canasta de compras. Esto ocurrió cinco años atrás.


Leí el libro al llegar a Santiago y lo cierto es que quedé un poco desconcertada. Debo aclarar que este fue mi primer acercamiento con la literatura japonesa. Después de leerlo por primera vez, me quedé con una sensación que nunca había experimentado en una novela: el libro me había gustado, pero no tenía idea del porqué. Ni siquiera hubiese podido explicar de qué se trataba. Para escribir este artículo volví a leer el libro y descubrí que el paso de los años y el acercamiento a la cultura japonesa —me imagino— hicieron recibirlo de una manera distinta.


La historia transcurre en un barrio residencial japonés ubicado a unos 30 minutos de Shinjuku, en un pasaje donde existe una gran casa tradicional con un hermoso jardín y un pabellón anexo a ella. En este último lugar, viven el protagonista y su esposa. Es un periodo económicamente complicado en Japón debido a la burbuja inmobiliaria, lo que hace casi imposible comprar e incluso rentar un hogar. La novela no es narrada de manera continua en el tiempo, sino que el protagonista frecuentemente nos lleva hacia el pasado y nos trae de vuelta al momento actual. No es un libro que busque contar una historia en particular, sino más bien, el libro comparte con los lectores algunas pinceladas de la vida del protagonista durante un periodo de tiempo, mostrando, además, parte de la cultura japonesa. Estas pinceladas de momentos cotidianos están cargadas de sensaciones como la soledad, el aislamiento o la melancolía. Es posible, por otro lado, identificar durante toda la narración la repetición de algunos temas como el avance inevitable del paso del tiempo y la muerte. Sin embargo, no es un libro deprimente, de ninguna manera: el autor sabe utilizar en su narrativa los recursos necesarios para dejarte esas sensaciones, pero de una manera muy sutil. Por ejemplo, debido a la ubicación particular de la casa, la interacción con los vecinos es difícil, lo que se recalca una y otra vez en la historia. También en sus páginas se hace mención a gente que está enferma, muchas de las cuales finalmente fallecen (desde amigos hasta el mismo emperador Hirohito). Y mientras avanzamos en el libro, se comienza a notar el deterioro de la salud de sus ya ancianos arrendadores, lo que deja en el aire la posibilidad de desalojo y la entrada de las inmobiliarias para destruir la antigua casa tradicional y dar paso a la modernidad con la construcción un edificio. Y acá hago un paréntesis. Reconozco que me creaba angustia —al menos en mi sentir con respecto a la tradición japonesa—la posibilidad de destrucción de esa casa. Sentí que esas bellas construcciones japonesas debiesen quedarse detenidas en el tiempo, para ser simplemente admiradas como una fotografía, inalterables en el tiempo para contemplar esa belleza milenaria. Algo que sé que no es justo pedir.




La sensación un poco melancólica, no obstante, se rompe con la llegada de un gatito a una casa vecina. Chibi es un gato lleno de vitalidad, que disfruta correr y saltar por todas partes. En un inicio, el protagonista y su señora, quienes no son unos cat lovers, solo se confirman con verlo jugar en el jardín. Pero ya ese solo hecho fue incorporando calor en sus vidas. Sin embargo, el día en que Chibi decidió entrar a su pequeña casa y compartir con ellos algunas horas, ya sea para dormir o comer, fue como que si un sol hubiese iluminado sus vidas cargadas de letargo. Lo curioso es que el gato nunca fue de ellos. Chibi nunca les perteneció ni se dejó tomar o ser acariciado. Era solo como un destello de luz. Una especie de relámpago cuya vida dura unos segundos en la inmensidad del cielo. Y supongo que eso hace que esta manifestación natural sea tan hipnótica y nos maravillamos tanto cuando logramos capturar un relámpago a través de la fotografía: porque le dimos vida eterna a algo que estaba destinado a durar apenas unos segundos. Así lo entiende también el protagonista, quien en uno de los capítulos realiza la comparación de este gato con un destello y, por eso mismo, decide asistir a una exposición de arte llamada “Captura del destello”. Como otro dato interesante, les puedo decir que el lugar en donde vive el protagonista se llama “Callejón relámpago”.


Está claro que el gato cambia la energía de aquellos capítulos donde participa. Y su intervención ciertamente es bastante simple: jugar, comer, dormir siesta, pero todas estas acciones siempre tienen incluido el disfrute del narrador y su señora que testigos de estos acontecimientos. Son precisamente estos capítulos los que le dan a la novela una sensación de liviandad, de conexión con el goce de lo simple, con el deleite del vínculo. Mientras que en los capítulos donde Chibi no está presente vuelve a inundarte esa sensación de melancolía.


Como seres humanos, nos es muy difícil de aceptar que algo que amamos tanto y que nos hace tan bien realmente no nos pertenece y que nunca nos pertenecerá. Esta sensación comienza a aparecer cuando a la señora del protagonista, quien después de pasar momentos felices con Chibi, sucumbe ante la pena al darse cuenta de que el gato nunca será su mascota. Y todo se torna más dramático cuando el gato deja de visitarlos. La salida de Chibi de sus vidas, sumado a la necesidad de abandonar su hogar por un contexto económico complicado, pone al protagonista en una situación incómoda, haciéndonos sentir nuevamente una sensación melancólica. Sin embargo, hay ahora algo distinto. Han conocido el amor y el vínculo que un gato puede generar, un vínculo tan fuerte y extraño que veces tenemos las personas con los gatos. Esta vivencia los llevó a querer tener su propio felino y, de esta forma, además de buscar una casa nueva, buscaron también una nueva compañía gatuna. Es así como una vez más la fortuna los bendice, ya que, a pocas cuadras de su antigua casa, logran encontrar su nuevo hogar y, en esta oportunidad, una bella gata los elige a ellos como sus dueños.


Como podrán ver, este libro en palabras simples cuenta cómo la llegada de un gato a la monótona vida del narrador y su señora hace de sus días, días más felices. Y cómo ese vínculo nacido en personas que nunca pensaron que fuese una unión importante fue cuna para el nacimiento de dos nuevos amantes de los felinos. No obstante, quedarnos solo con ese juicio sería algo muy simplista, que reduciría al mínimo todo el esfuerzo poético que realiza el autor para presentarnos algo mucho más complejo, escondido detrás de esa simple historia: un verdadero poema a la belleza y la grandeza que encierran ciertas personas o situaciones, las cuales nos llenan de bendición, de goce, de alegría y añaden color a nuestras vidas. Pero además nos enseñan que debemos aprender a desprendernos de ellas, ya que así como llegaron, el día menos pensado estas cumplirán su ciclo y dejarán parte de nuestras vidas, dando paso a nuevas realidades o a nuevas personas.



El gato que venía del cielo es una novela poética, que a través de sus páginas nos hace mirar nuestra relación con el cambio, con lo “no permanente”. Cuando lo que llega no nos gusta, nos esforzamos por deshacernos de él y cuando aquello que recibimos nos bendice, luchamos con todas nuestras fuerzas para capturarlo para siempre. Pero todos sabemos que la vida es un constante cambio, nada es permanente. Incluso la vida de cada uno de nosotros o la vida de cada uno de aquellos que amamos no es más que un destello de luz si lo miramos en la escala del universo. Y eso puede crear cierta angustia, porque necesitamos sentir que somos permanentes, que somos mucho más que solo un destello en la inmensidad del cosmos.


 

Ficha técnica:

Titulo: El gato que venía del cielo

Título original: Neko no Kyaku

Autor: Takashi Hiraide

Número de páginas: 156

Editorial: Alfaguara

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