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Kannon, la que escucha los lamentos y pesares del mundo (parte I)

La religión en Asia del Este, históricamente, ha obedecido a dinámicas muy distintas a la experiencia del occidente monoteísta, donde el profesar una religión implica, por regla general, adscribirse a ella de manera íntegra. Por el contrario, en tanto a Asia, diferentes credos, cultos, doctrinas y filosofías han logrado converger a lo largo del tiempo, cimentando un mundo religioso/espiritual inmune a la rigidez y a reduccionismos. Es así que podríamos hallar en Japón a una anciana que, simultáneamente, rinda culto a sus antepasados, entienda la moral confuciana, venere al kami local y, en momentos de pesadumbre y aflicción, clame a la diosa Kannon por misericordia. El culto a esta última deidad, de origen budista, está ampliamente extendido por la región, adquiriendo diferentes formas y significados en la amplitud del subcontinente indio, Asia Central, Este de Asia y Sudeste Asiático. Su origen se remonta a antes de la era cristiana. El “Bodhisattva Avalokitesvara”, quien ostenta un rol protagónico en las escrituras búdicas “el Sutra del loto” y “el Sutra del corazón”, ha estado sujeto a variopintas interpretaciones, transmutaciones y leyendas en diferentes áreas culturales, y también es venerado en otras doctrinas de la región. Guanshiyin en China y Taiwán; Gwan-se-eum en Corea; Quan Thế Âm en Viet Nam, Chenrezig en Tíbet y Kannon (llamada también Kanzeon) en Japón, son diferentes transliteraciones del bodhisattva en las áreas aludidas, donde emergieron múltiples maneras de culto hacia su figura, pero manteniendo inalterable su representación elemental; encarnar la gran compasión y la más pura misericordia.


Kannon del templo de Ofuna Kannon, ubicado en Kamakura, en la prefectura de Kanagawa, Región de Kanto.

La llegada del budismo a Japón: los cimientos del culto a Kannon


En el siglo VI, llegó a Japón desde Corea una doctrina de origen india que, en su inicio, se instauró como una creencia, cuyos lineamientos vinieron a transgredir el culto ancestral de esta civilización, el shinto. El año 538 fue trascendental para la historia de la religión y espiritualidad japonesa puesto que, en la fecha mencionada, “el rey Song de Baekje (reino coreano) le obsequió al emperador Kinmei de Japón una estatuilla de Buda fundida en oro y bronce y algunas escrituras sagradas (Yusa, 2002). La intención del rey coreano al otorgarle estos presentes, según Yusa, era que el emperador nipón abrazara la religión y fuera su aliado militar contra las fuerzas invasoras de Silla (reino coreano ubicado al oeste de Baekje), a lo que el emperador se rehusó” (Yusa, 2002). No obstante, “fueron los regentes del Clan Soga quienes, en su relación estrecha con los inmigrantes coreanos que residían en Japón, abrazaron la doctrina y se encargaron de rendirle culto al Buda obsequiado al soberano, lo que desató la oposición de familias como Mononobe y Nakatomi, cuyo argumento se sustentó en que, si el imperio adoptaba el budismo, causaría la ira de los dioses autóctonos” (Yusa, 2002). Luego, el soberano Yomei (585-587) fue el primer emperador “en abrazar el budismo, considerándose al mismo tiempo sintoísta (Yusa, 2002)”. Unos años más tarde, su heredero, el príncipe Shotoku, admirador de la cultura china, “adoptó el budismo y se encargó de promoverlo a lo largo del país” (Yusa, 2002).


Príncipe Shotoku con sus hermanos menores. Pintura de Kano Osanobu (1796-1846), Período Edo. Reproducción de una obra del s. VIII.

En la era Nara (710-784) hubo una proliferación de la doctrina en Japón, lo que Almarza traduce en “la creación de multitud de estructuras budistas a modo de sectas o escuelas al estilo chino” (Almarza, 2018). De estas, hubieron de destacar seis, “Hosso, Kusha, Jojitsu, Sanron, Kegon y Ritsu, las que contaron con el patrocinio estatal” (Yusa, 2002). En tanto al shinto, “no desapareció completamente del cotidiano japonés, pues otorgaba legitimidad al soberano imperial, pero este perdió algo de presencia en la corte” (Almarza, 2018). Las tensiones existentes entre el culto autóctono y el “foráneo” continuaron replicándose hasta la época sucesora. Durante Heian (794-1185), entre disputas políticas de la corte y los templos budistas, emergió un retorno al shinto, el que llevó al emperador Kanmu a trasladar la capital de Heijo-kyo (Nara) a Heian-kyo (Kyoto). No obstante, en el período destacaron dos grandes sectas, la Tendai fundada por Saicho y la Shingon, fundada por Kukai, ambas con patrocinio estatal y de la aristocracia” (Yusa, 2002). Sobre este último recae la importancia de Heian para el futuro desarrollo de la religión y espiritualidad en Japón. Hearn menciona que Kukai fue el primero en afirmar que “los dioses superiores del shinto eran reencarnaciones de diferentes budas, obedeciendo a los métodos de asimilación del budismo en otras partes de Asia, consiguiendo la aceptación imperial” (Hearn, 2021). De esta manera, se hace posible comprender la convergencia armónica entre ambas doctrinas, lo que implica una suerte de base identitaria para el pueblo nipón en la actualidad.


 

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