La dependienta de Sayaka Murata: aprendiendo a “ser humana” en un Konbini

Cuando llega la mañana, una vez más soy una empleada de konbini, un engranaje de la sociedad. Esta es la única manera en la que puedo ser una persona normal.

Keiko Karakura




La palabra japonesa “konbini” puede ser traducida como “tienda de conveniencia”, pero siento que ese es un término que no logro describir completamente lo que es. Un konbini es un tipo de tienda japonesa que suele estar abierta las 24 horas del día, los siete días a la semana y vende todo lo que podrías necesitar durante tu día a día. Comidas frías, calientes, accesorios electrónicos, revistas, artículos de belleza y de papelería ¡Hasta puedes comprar entradas para conciertos! Para nosotros esto nos parece todo un universo inexplorado, una atracción casi turística. Sin embargo, para los japoneses, un konbini es una parte tan cotidiana que casi no tiene ningún atractivo. Precisamente es por esta razón, que una mujer sea tan devota a este tipo de lugar y que haya trabajado ahí 19 años, es más que inusual.


Es en esta irregularidad en la se centra el mundo de La dependienta de Sayaka Murata. Publicado en el 2016 y recientemente traducido al español, este libro narra las experiencias de Keiko Furukura, una dependienta de konbini de 36 años. Para los estándares de la sociedad japonesa, Keiko no es lo que se puede definir como exitosa. No está casada, no tiene ninguna clase de proyección laboral y no es muy social que digamos. Sin embargo, a los ojos de la protagonista, ella ha logrado finalmente lograr su anhelado deseo: aparentar ser normal. Por medio de la imitación de los gestos y vestuario de compañeros, Keiko crea una imagen de sí misma que es aceptable y no provoca la perturbación que su verdadero ser solía provocar en su infancia. Por medio de su narración en primera persona, nos enteramos de que, desde pequeña, ha carecido de empatía o cualquier tipo de filtro social. Este comportamiento, que a veces raya un poco en lo sociopático, en realidad no la afecta directamente, pero sí a sus seres queridos que desean que logre encajar con los demás. Por este motivo, Keiko se ha decidido a fingir lo que no es con tal de hacerlos felices.




Creo que este es uno de los aspectos más interesantes de este libro y lo que me atrajo finalmente a la historia. Por lo general, en la narrativa contemporánea, este tipo de personajes peculiares son tratados como una adorable rareza, como alguien que sale de la norma en una forma poco amenazadora. Sin embargo, Keiko no es para nada encantadora. Accidentalmente graciosa quizá, pero definitivamente no “kawaii”. Ella es una mujer que se las ingenia para salir del paso y que la dejen en paz para vivir su vida. Lo que sí inspira cierta ternura es el cariño que le toma a su trabajo por ser la solución a todos sus problemas. Dentro del caos que existe en su interior, un humilde konbini logra darle algo de sentido a sus rarezas.


Lamentablemente, el estatus quo de Keiko toma un giro cuando un nuevo empleado llega. Shirahara es un desadaptado social que, en cierta manera, es similar a ella, pero que tiene una actitud más inclinada a la pereza y el egoísmo. Luego de compartir un tiempo, él la reconoce como “alguien de la misma” clase y le ofrece casarse como un método para aparentar aún más normalidad ante los demás. La pobre Keiko, quien ya comienza a recibir preguntas incómodas sobre su estatus sentimental y laboral, ve esta proposición una manera de llevar su disfraz de humana al siguiente nivel. Sin embargo, Shirahara es más una carga que un beneficio y, mantenerlo económicamente, implicaría buscar un mejor trabajo y dejar atrás su amada tienda de conveniencia.



Esa es la principal encrucijada de La dependienta ¿Estamos dispuestos a renunciar a lo que amamos sólo por los demás? ¿Incluso si ese algo que amamos carece de valor para los otros? Keiko, lejos de inspirar lástima, es una persona que ya ha logrado la felicidad, algo que muchos pasan toda su vida sin conseguir. El hecho de haberla encontrado en un lugar que vende onigiri y refrescos puede ser chocante, sobre todo cuando se nos dice que para ser feliz es necesario tener prestigio y dinero. Keiko no tiene ninguna de esas cosas, pero al fin es capaz de decir con toda certeza que ha encontrado el lugar al que pertenece ¿Puedes acaso decir lo mismo sobre ti? Sinceramente, no puedo esperar a leer más de esta autora. Por lo que he averiguado, algunos de sus otros libros están en traducción, al menos en inglés.


Sea como sea, después de haber leído este libro, siento que los konbini se han ganado un poco más de mi respeto y los miraré con el debido aprecio cuando al fin logre ir a Japón.

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