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Bushido: el alma de Japón

Leyendo esta, la décima edición de Bushido, publicada apenas seis años después de su publicación original, lo primero que atrae mi atención es la belleza y soltura con que Inazō Nitobe, el autor, se expresa en una lengua extranjera. Porque Bushido fue escrito en inglés para explicar al público occidental algo que, si bien estaba profundamente arraigado en el alma e historia japonesa, nunca se había puesto por escrito previamente. Es así, como luego de su publicación, entre las muchas lenguas a las que se tradujo, casi de forma instantánea, estaba el japonés. De esta forma, Nitobe logró crear de forma simultánea un clásico occidental y oriental con este pequeño volumen.



Tal como Nitobe indica en el texto, el concepto de Bushido es hijo del feudalismo y, si bien, este tiene raíces que se pueden rastrear aún más atrás en la historia del archipiélago nipón, el nacimiento oficial, en Japón, es con el Shogunato Kamakura, en 1185, cuando el clan Minamoto derrota las fuerzas Taira en la llamada Guerra Genpei, la cual es relatada magistralmente en el Heike Monogatari, considerado el primer gunki o crónica guerrera de la literatura japonesa. Este hecho inicia un período de sublimación del estilo de vida y filosofía de los guerreros o samuráis. Si bien la figura del Emperador siguió presente, el manejo de facto del país lo llevó durante esos años, hasta 1868, el shogun de turno. El término shogun significa, simplemente, general, y, por lo tanto, a este tipo de gobierno se le llamaba bakufu o gobierno militar. Estos guerreros pertenecían, en sus rangos superiores, a la baja aristocracia y se encontraron, gracias a sus esfuerzos en el campo de batalla y la negligencia de una clase dirigente aristocrática que durante siglos se desentendió del manejo del territorio en favor de placeres cortesanos, con la oportunidad de acceder a una posición de mando y prestigio que, hasta entonces, estaba fuera de su alcance. Así, estos guerreros no solo se dedican a su función principal de hacer la guerra, entre ellos mismos habitualmente, sino, a adoptar muchas de las costumbres cortesanas, por ejemplo, la poesía, los arreglos florales, la pintura, ceremonia del té, etc. También van incorporando a su forma de pensar distintas escuelas filosóficas que van construyendo aquello que, eventualmente, se dio en llamar Bushido. Durante los períodos Muromachi y Azuchi-Momoyama, Japón estuvo en un estado de guerra civil constante, tanto que se le llamó el Sengoku jidai o época de los Estados Guerreros. No es hasta el final, con la aparición de los tres unificadores, Oda Nobunaga, Toyotomi Hideyoshi y Tokugawa Ieyasu, que se logra poner todo el territorio bajo el control absoluto de un solo señor feudal. Con la Batalla de Sekigahara en 1600, y el triunfo del clan Tokugawa, se da por terminado el período feudal japonés y comienza el llamado moderno temprano, o Edo, según la ciudad en la que se encontraba el catillo de Ieyasu, y que hoy conocemos como Tokyo.


Los samuráis o bushi, que durante seis siglos no solo habían expandido su influencia en la corte y vida diaria en cada rincón de las islas del antiguo Yamato, y que habían contribuido con una cultura y una conducta que muchos consideraban digna de imitar, se encontraron de pronto desocupados. Bajo el poder absoluto de los Tokugawa ya no había batallas en las que combatir, y dado que muchos de estos guerreros eran contratados por campaña militar más que pertenecer a algún clan, no tenían forma de ganarse la vida. Siglos de desarrollo de una conciencia de superioridad moral y conductual, los había dejado mal preparados para adaptarse a una vida sin gloria bélica. Sin embargo, a pesar de que quienes empezaron su inevitable declive y eventual desaparición, los conceptos y preceptos que su vida había originado en la mente colectiva de una nación perdurarían mucho más vivos que nunca. Con la nueva posición de importancia que en Edo alcanzaron las metrópolis como Edo, Kyoto y Osaka y, por extensión, quienes vivían en ellas, se experimentó una explosión de contenido pensado en los citadinos. Literatura, obras de teatro, pintura, etc., cuyo tema principal era, precisamente, las hazañas de los samuráis. No solo protagonizaban en hazañas guerreras, históricas y ficticias, sino que también en historias que expresaban sus amores, tristezas y alegrías e, incluso, su forma de pensar. Y así como en su momento los samuráis quisieron ser como los aristócratas, ahora los comerciantes, campesinos y trabajadores querían ser como estos guerreros. El mayor ejemplo es, tal vez, la famosa historia de los 47 samurái, o rōnin, dependiendo de la versión. Contada mil veces desde que tuvieron lugar los hechos históricos que le dieron origen, y en todos los formatos posibles, dentro y fuera de Japón, muestra como la fuerza de los ideales del Bushido en la mente colectiva tuvo el poder suficiente para doblarle la mano al shogun Tokugawa Tsunayoshi. La última vez que visité el templo Sengakuji en Tokyo en 2020, donde se encuentran las tumbas de los 47 Leales de Ako, vi como sigue siendo un lugar de peregrinación, no solo para extranjeros o fans de las historias de samuráis, sino para aquellos que quieren honrar a unos hombres que estuvieron dispuestos a morir por sus ideales, los ideales del Bushido.


Inazō Nitobe fue un hombre que vivió entre dos mundos, desde todo punto de vista. Nació en 1862, últimos años del período Edo, en el feudo de Morioka (actual ciudad de Morioka, Prefectura de Iwate), como hijo de una familia samurái que servía al Clan Nambu. Desde muy niño aprendió inglés, estudió en la Escuela Agrícola de Sapporo, actual Universidad de Hokkaido. Allí, y bajo la influencia dejada por el que fue durante algún tiempo subdirector, William S. Clark, y conmovido por sus enseñanzas del cristianismo, se convirtió a esta religión. En 1883 ingresó a estudiar a la Universidad Imperial de Tokyo, con foco en Literatura Inglesa y Economía. Al año siguiente, 1884, diciendo a sus conocidos ‘quiero ser un puente sobre el Pacífico’, abandonó sus estudios y viajó a Estados Unidos. Allí estudió en la Universidad Johns Hopkins de Baltimore, Maryland. Es en esta ciudad donde conoce a la que sería su esposa, Mary Patterson Elkinton. En preparación a aceptar una plaza de profesor adjunto en la Escuela Agrícola de Sapporo, viajó a estudiar en la Universidad de Bonn en Alemania, sobre agricultura y política agrícola. Sin embargo, tras su regreso a Japón y el ejercicio de su puesto de profesor, su salud se deterioró, por lo que viajó nuevamente a Estados Unidos a convalecer. Es durante este período que escribió en inglés Bushido, el que fue publicado en 1900. Su propósito al redactar este libro fue dar a conocer el pensamiento y la cultura japonesa a los extranjeros. Prácticamente desde su publicación esta obra atrajo el interés no solo del público, sino de diversos grupos de esferas académicas y políticas en el mundo, y fue prontamente traducido a varios idiomas, convirtiéndose así en un best-seller internacional.


En 1901 regresó a Japón y se dedicó a la educación, trabajando como funcionario de gobierno y profesor en la Universidad Imperial de Kyoto y la Universidad Imperial de Tokyo. En 1919 se convirtió en Secretario General Adjunto de la Liga de las Naciones, organismo creado por el Tratado de Versalles, formado con la misión de establecer las bases para la paz y la reorganización de las relaciones internacionales una vez finalizada la Primera Guerra Mundial. Hasta su renuncia a este organismo en 1926, Nitobe puso todo su esfuerzo en el desarrollo y avance de este. En 1933, mientras asistía a una conferencia en Alberta, Canadá, su neumonía se agravó y fue ingresado en el Royal Jubilee Hospital. Tras una operación falleció el 15 de octubre de 1933, octavo año de la era Showa.


De esta forma, Nitobe vivió desde las postrimerías del período Edo hasta los inicios de Showa, incluyendo el dramático cambio y crecimiento que Japón enfrentó durante Meiji y todos los desafíos y problemas de Taisho. Y cumpliendo su sueño de ser un puente a través del Pacífico, fue uno de quienes viajó para aprender y traer los avances de la tecnología y el pensamiento occidental a Japón, pero también, a través de libros como Bushido, permitió que Occidente conociera sobre la historia y las costumbres niponas. De igual forma, en su vida personal y en sus ideas podemos encontrar esta confluencia de mundos, de valores tradicionales japoneses, como los expuestos en este texto, y pensamientos y creencias filosóficas y religiosas con raíces europeas. En Bushido, contrasta y compara grandes pensadores del canon occidental, desde clásicos como Aristóteles o Sócrates, a algunos más recientes como Nietzsche o Spencer, pasando por lo pilares de la filosofía asiática, Confucio y Mencio. Con citas a Shakespeare y la Biblia, va presentando un viaje histórico no solo de Japón sino mundial, que permite ver que, por una parte, el Bushido es un producto eminentemente japonés, pero por otra, tiene alcances y símiles en todo el globo. De esta forma, el texto se aleja del exotismo, aunque algo de eso puede tener, sobre todo si lo leemos más de un siglo después, ya que habla de acerca de un Japón que, incluso entonces, ya no existía. A pesar de ello, es, principalmente, un análisis histórico y social de las circunstancias humanas que dieron origen a este sistema, y por qué fue en Japón y no en otro país, y sobre todo, por qué estuvo vigente por tanto tiempo, podríamos decir hasta nuestros días, si bien como un recuerdo, un sentimiento, un ‘hacer sin saber la razón’, más que conscientemente ejercitado. A fin de cuentas, aunque la escuela Ogasawara continúa enseñando etiqueta y arquería —tuve la suerte de tomar un curso en uno de sus dojos asociados— la mayoría de los japoneses no se cuestionan en su día a día, las mil y una actitudes, gestos y costumbres que, podemos argumentar, derivan de ese pasado guerrero.


Gonzalo Jiménez de la Espada, quien tradujo por primera vez al español Bushido, y que lo publicó en 1909 en Madrid la Editorial Daniel Jorro, también fue un hombre entre mundos. Hijo de Marcos Jiménez de la Espada, científico, explorador y naturalista, nació en Salamanca en 1874. Estudió en la Institución Libre de Enseñanza y se licenció en Filosofía y Letras por la Universidad de Madrid. En 1907 viajó a Japón para trabajar como profesor de español en la Escuela Nacional de Idiomas de Tokyo, predecesora de la actual Universidad de Idiomas de Tokyo. Durante su estancia, la cual se extendió hasta 1917, fomentó los estudios de letras hispánicas, mostrando también un profundo interés en la cultura japonesa. Además de su trabajo docente, realizó traducciones de obras japonesas al español, entre ellas Cuentos del Antiguo Japón y Bushido. Al regresar a Madrid continuó su labor pedagógica en los centros de enseñanza de la Junta para la Ampliación de Estudios. Fallece en Barcelona en 1938, durante plena Guerra Civil Española.


La vida del autor y del traductor, así, parecen espejos una de la otra. Hombres que vivieron en épocas de cambios desafiantes y convulsos, impulsados por el deseo de servir como puentes entre culturas distintas, de explorar el mundo y compartir su propio legado cultural con los demás. Y este libro, Bushido, es una invitación a viajar a través de la historia de Japón, mirando sus paralelos en la historia universal, deleitándonos con una prosa bella, cuidada y elegante, pero que no deja de ser directa, lo que permite que en pocas páginas acumule una fuente profunda de información, con la cual conoceremos a estos guerreros, los samuráis, sus vidas, sus ideales, y si ha quedado algo de ellos en el moderno, tecnológico y futurista Japón del siglo XXI, o, si las enseñanzas del Bushido son solo un recuerdo de un pasado glorioso. Personalmente, elijo la primera opción.



 
 
 

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