Diplomacia, comercio y cultura: relaciones del Período Muromachi (1333-1573) con la Dinastía Ming (1

El pueblo chino y el japonés difícilmente pueden ser entendidos en el estudio histórico sin considerar los contactos de diversa índole que estrecharon en su pasado. Esta idea es aplicable a su historia más remota, contemporaneidad y presente histórico, pues el componente geográfico y el acontecer actual en el cual se enmarcan ambas naciones propician un diálogo difícil de corromper. La llegada del budismo desde China al archipiélago en el Período Asuka (s. VI-VIII), la emulación consciente de la cultura china efectuada por los soberanos del Período Nara (710-794) al distinguido Imperio Tang (618-907) y los acalorados procesos y acontecimientos que involucraron a ambos pueblos durante el s. XX, calando aún en la memoria colectiva de un importante porcentaje de población de ambos países, son claros ejemplos de esta co-relación que podríamos considerar espontánea. Existe un fenómeno distinguible en la sociedad, que ha evolucionado temporalmente, respecto a la recepción de lo “asiático”. Lo anterior nos ha llevado, muchas veces, a no distinguir “lo japonés” de las otras culturas colindantes de la región de Asia Oriental. Esta constante confusión y “generalización” va disminuyendo a la hora de adentrarnos en el estudio del Lejano Oriente, pero es ahí donde van apareciendo nuevas interrogantes. ¿Dónde la similitud? ¿Dónde la diferencia? ¿Qué tipo de relación existe y ha existido entre los pueblos de esta región? ¿Puedo hallar en el estudio del pasado una respuesta que ayude a orientar mis inquietudes? En este artículo analizaremos, a grandes rasgos, lo que fueron las relaciones transversales que estableció el Shogunato Ashikaga o Período Muromachi (1338-1573) con la Dinastía Ming (1368-1644).


El restablecimiento de las relaciones entre ambos pueblos entre el s. XIV y XV trajo un impacto considerable que estimuló un nuevo orden diplomático y económico, haciendo de este lazo un elemento indispensable para su estabilidad y bienestar, y propiciando el contexto para el desarrollo de fenómenos artísticos y culturales implícitos a estas nuevas dinámicas de vecindad.


Antes de repasar los aspectos característicos que dieron forma a las relaciones entre China y Japón en los períodos referidos, es necesario referirnos a las particularidades de cada época. Esto con un fin orientador en función de los párrafos que le sucederán.

El siglo XV en la historia mundial fue controversial. Para efectos del mundo occidental, la caída de Bizancio a manos de los turcos otomanos en el 1453, el “descubrimiento” del continente americano en 1492 y el florecimiento de un movimiento artístico cultual en lo que es hoy Italia, el Renacimiento (que a la vez recogía las ideas del humanismo), vinieron a provocar cambios estructurales indispensables para comprendernos como sujetos “occidentales”. Sin embargo, en lo que respecta al Oriente Lejano, el s. XV se enmarcó en una red de procesos que condujeron a los pueblos del área a relacionarse en función de dinámicas diplomáticas, económicas y culturales que tendieron a responder a las necesidades particulares de los países involucrados.


En 1368 arribó la Dinastía Ming en lo que hoy es parte de la República Popular China, desbaratando al Kanato de Karokuorum y acabando con el poderío mongol en el país del centro[1]. Encarnó el restablecimiento del poder chino en función de la tradición ancestral, una política centralizada, una economía que centró sus esmeros en potenciar el sector agrícola, sin perjuicio de la existencia de comercio urbano, y una sociedad que tendió a adscribir a la a la filosofía conocida como “neoconfucianismo”, evocando el pasado más remoto del Celeste Imperio.


El Período Muromachi (1338-1573) o Shogunato Ashikaga fue el segundo gobierno militar en la historia de Japón. Esta época se caracterizó por la promulgación de Ashikaga Takauji como shogun implicando, al mismo tiempo, el arribo de otro clan gobernante en la historia del bakufu. Este constó de dos subperíodos: 1) de 1338 hasta 1467, caracterizado como una época de relativa paz y “estabilidad”, donde las tensiones políticas que dieron fin al Shogunato Kamakura –como el debilitamiento económico del bakufu debido a los enfrentamientos con los mongoles a fin de no subordinar Japón (1274-1281) y el fraccionamiento de la Corte imperial– fueron “resueltas” y florecieron aspectos culturales tan característicos del Japón, como el Teatro Noh, el Budismo Zen y el Sumi-e; 2) de 1467 a 1573, teniendo como punto de origen las Gerras de Onin (1467-1477) y finalizando con la abdicación del último shogún de Muromachi, Ashikaga Yoshiaki, en 1573, caracterizada por abarcar parte del bélico Período Sengoku (1467-1600) y por la llegada de comerciantes y misiones del viejo continente al archipiélago (portugueses, españoles, holandeses e italianos).


En el ámbito diplomático, las relaciones estrechadas entre ambos pueblos pueden ser comprendidas en función del nuevo ordenamiento político que estableció la Dinastía Ming, lo que se tradujo en un sistema tributario que intentó emular las prácticas del imperio en su pasado más remoto. Según Flora Botton, “el principal motivo del establecimiento de este tributo estaba basado en el orden cósmico confuciano que adscribía a la teoría del mandato celestial, teniendo en la práctica una fuerte implicancia comercial”[2]. La autora también hace hincapié en que “no se trató de un imperialismo restrictivo, sino más bien de la acción simbólica de asumir el poder superior del soberano chino”[3]. Entre los estados tributarios de Ming se encontró Corea, Japón, Anam y Champa[4]. La implementación de este sistema tributario comenzó, según Brett Walker, en 1370, cuando emisarios chinos se dirigieron a la corte del sur[5] exigiendo el sometimiento de Japón al “país del centro”, cosa que el príncipe Kaneyoshi, hijo de Go-Daigo, habría aceptado en calidad de súbdito[6]. El autor plantea que el “tianxia”, o tratado de dominio internacional chino, denominaba “rey” a los soberanos de los estados súbditos, cosa que los gobernantes del Japón de la época, tanto emperadores como shogunes, consideraron “degradante”[7]. Sin embargo, el actuar de un soberano en particular, el Shogún Yoshimitsu, mostró una actitud diferente respecto a las relaciones políticas estrechadas con el país del centro. Este habría tenido una disposición positiva al momento de estrechar lazos con China, lo que se sustentó en diversas acciones de índole diplomático materializadas en diversas visitas, tanto de emisarios del gobierno militar. Frederick A. Motte indica que Yoshimitsu envió representantes a la corte del Jianwen[8], donde fueron recibidos de manera amable. A lo anterior, expone el autor, “le siguió un nuevo grupo de emisarios, quienes llegaron en 1402 a la corte del emperador Yongle, donde fueron recibidos amistosamente”[9]. El Shogun, dando cuenta de la fuente de riquezas que significaría trazar este lazo con China, envió una carta diplomática al emperador donde se reconocía a sí mismo como súbdito, nombrándose así mismo “rey del Japón”[10]. No obstante, las relaciones armónicas entre ambos países hubieron de terminar en 1412, años después de la muerte de Ashikaga Yoshimitsu y bajo el mandato de Ashikaga Yoshimochi, su hijo, quien se encargó de cortar el tratado bilateral enlazado por su padre con el país del centro[11]. Si bien las gestiones del sucesor de Yoshimitsu tuvieron la finalidad de pulverizar las relaciones con China, país por el que sentía una gran odiosidad[12], estas se tornaron imprescindibles en función de la actividad comercial. Los puertos chinos y japoneses contaron con una movilidad considerable de productos, permeando parte sustancial de la economía de ambos pueblos.


Shogun Ashikaga Yoshimitsu del Período Muromachi


Emperador Yongle de la Dinastía Ming

El comercio fue un factor que propició los nexos entre los estados referidos, pues si consideramos la nominalidad del tratado internacional chino, el comercio vendría a presentarse, más bien como un factor de causa que una consecuencia de los lazos estrechados entre Ming y Muromachi. Es válido recordar que una de las principales intenciones del shogún Ashikaga Yoshimitsu fue afianzar los lazos comerciales entre ambos países con la finalidad de enriquecer al archipiélago. Ruben Almarza plantea que durante el Período Muromachi, “Japón presentó una producción sin precedentes, a consecuencia de avances técnicos en la agricultura a una especie de agilización productiva, lo que abrió paso a la necesidad de comerciar”[13]. Por otra parte, Irene Seco es clara en afirmar que, “la constante reactivación del comercio en el archipiélago, iniciada en el XII, trajo consigo el re-establecimiento del uso de la moneda, las que eran mayormente de origen chino”. Los postulados de ambos autores logran enmarcarnos en un contexto económico que, además de los tratados diplomáticos del s. XV, propiciaría una dinámica de intercambio comercial entre dos potencias centrales en la región de Asia Oriental. De esta manera, tanto flotas chinas como japonesas se embarcaron con productos de diversa índole, estableciendo un lazo que terminó siendo indispensable para su actividad comercial. Mientras China mandaba sedas, monedas, té y otros productos alimenticios, Japón exportaba productos como caballos, espadas y abanicos[14]. Lo anteriormente expresado resalta la trascendencia de esta dinámica comercial, considerando la versatilidad de productos que involucraba este intercambio. Tanto así que podríamos estar hablando de una suerte de retroalimentación entre el Imperio Ming y el Shogunato Muromachi, puesto que un porcentaje de los productos intercambiados entrarían en la categoría de lo “indispensable”. La crianza de caballos fue una actividad característica del pueblo chino a través de los años, no obstante, para efectos del contexto histórico, los caballos japoneses, considerando su crianza y entrenamiento basado en la disciplina samurai, pudieron haber sido objeto de interés muy preciado para la aristocracia china de la época. La seda china, amparada en una tradición milenaria, produjo un interés de gran magnitud en los japoneses por su indiscutible calidad, sin embargo, la influencia de la vestimenta tradicional china no habría influido notablemente en la japonesa del período. Las telas, al llegar al archipiélago y a manos japonesas, habrían sido usadas para confeccionar atavíos autóctonos con diseños nipones tradicionales, desplazando el “componente chino” único en su origen. Finalmente, el abanico plegable, de origen nipón, causó un revuelo estético en China desde la Dinastía Song (960-1279), lo que implicó una continuidad en Ming. La estética china, tanto masculina como femenina, habría integrado a los abanicos plegables a través del tiempo, siendo las damas de la corte Ming un claro ejemplo de eso. A pesar de su origen nipón, el país del centro sí produjo sus propios abanicos plegables, lo que no habría de intervenir en la masificación de estos accesorios provenientes del archipiélago. Finalmente, en función de lo expuesto por Brett Walker, los lazos comerciales sino-japoneses se habrían materializado en la “conformación de verdaderos centros comerciales, como lo fue la ciudad japonesa de Sakai, donde los mercaderes locales se encargaron de gestionar los intercambios con sus pares chinos, administrar los asuntos municipales y al mismo tiempo, forjar una estrecha relación con los samurái de Kioto y alrededores”[15].


Seda tradicional de la Dinastía Ming (1368-1644)

Vestimenta femenina del Período Muromachi (1338-1573)


El enlace diplomático y económico establecido entre Ming y Muromachi involucró intrínsecamente al área de la cultura y las artes. Según Frederick A. Motte, el shogún Yoshimitsu era un ferviente devoto del budismo Zen, motivo por el cual sentía un especial afecto por el país del centro, considerándolo la cuna de su doctrina (Chan)[16]. Siguiendo con la línea del budismo y las prácticas culturales, Flora Botton añade que “los monjes budistas eran verdaderos motores culturales entre ambos países, traspasando principalmente la cultura china a Japón[17]. Aunque ya habíamos mencionado que productos de índole estética, con improntas marcadas, habían sido objeto de intercambio y comercio entre ambos países, hay una manifestación artística que vendría a encarnar esa influencia china en la producción cultural japonesa del período: la pintura Sumi-e. En palabras de Shozo Sato, esta manifestación artística es descrita como “el arte monocromo hecho en papel”[18]. La palabra está formada por dos términos, “sumi” (negro) y “e” (pintura)[19]. Para Saburo Ineaga el origen de este fenómeno artístico se basó en “una nueva tradición pictórica limitada principalmente a un color, empleando asimetría y, a veces, abstracción con la intención de expresar temáticas con interpretaciones espirituales o psicológicas”[20]. Sato agrega que los monjes zen introdujeron el tipo de pintura característico de la Dinastía Song del Sur en el Japón del Período Muromachi, particularmente en el s. XV”[21]. No obstante, recordemos que el período histórico que sostuvo un paralelismo con el Shogunato Ashikaga fue la Dinastía Ming, por lo que las influencias chinas que contribuyeron al surgimiento del Sumi-e se enmarcaron en ese contexto. Sumando a lo anterior, Shozo Sato estima que “la contribución de China al desarrollo de esta manifestación artística a través del tiempo abarcó la Dinastía Song del Sur (1127-1279), Yuan (1279-1368), Ming (1368-1644) y Qing (1644-1912)”[22]. Volviendo a los períodos que nos conciernen, al analizar algunas pinturas paisajísticas de la época Ming y de Sumi-e de Muromachi, es innegable que existe una similitud en el modo de elaboración, que simultáneamente podemos analizar bajo una categoría artística y otra temporal.


Tai Jin, “paisaje en el estilo de Yan Wengui, s. XIV.

Bambús, de Xu Wei, s. XVI. Pintura Ming

Sesshu Toyo, “Paisajes de otoño e invierno”, s. XV.

Gyoken Bonpo, “Orquídeas y rocas”, s. XV. Sumi-e.

En el proceso complejo de estas relaciones transversales que involucraron a China y a Japón, se encuentra el enigma de los “Wako”, que fueron un grupo de población de origen nipona dedicada a la piratería. Ruben Almarzán es enfático en aseverar que estos habrían causado grandes estragos en las costas coreanas y chinas, lo que decantaría en conflictos de envergadura entre los gobiernos de la zona aludida[23].La piratería había existido a lo largo de la historia de ultramar de Asia Oriental, sin embargo, se acrecentó en este período debido a la explosión comercial del s. XV[24]. Si bien las relaciones amistosas de índole diplomática entre el Imperio Chino y el bakufu habían sido rotas por el shogún Yoshimochi, las relaciones entre China y Japón continuaban desde la economía y la cultura. Estos factores se vieron sustentados en los monjes budistas que realizaron viajes constantes a China, a la población costera y a los comerciantes de ambos países. Aún así, el fenómeno de los “Wako” vino a implicar un proceso que causaría verdaderos estragos para el contacto de ambos países, puntualmente en el s. XVI. El autor Guangqiu Xu explicita que “a partir de la década de 1540’s, piratas y comerciantes japoneses comenzaron a establecerse masivamente en las cosas del del sureste de China; en 1550 los Wako construyeron sus bases en el borde marítimo de la provincia de Zheijang y en 1554 atacaron la zona de Songjiang, un centro industrial de algodón, matando también al magistrado del área”[25]. Ante esa realidad, la Corte Ming se vio obligada a tomar cartas en el asunto, partiendo por “la prohibición, en 1530, de los intercambios culturales realizados por los monjes budistas entre China y el bakufu y la proscripción de la permanencia de japoneses en territorio chino”[26]. No obstante, el descontrol que tuvo el gobierno Ming sobre este asunto lo llevó a tomar una importante deliberación, plasmada “en la prohibición del comercio exterior en 1567”[27]. Es válido considerar que para el s. XVI, el bakufu Muromachi no se encontraba en su mejor momento, pues desde las Guerras de Onin (1467-1477) el país se halló inmerso en un proceso bélico amparado en la emergencia de jefes locales que intentaron luchar por el control del poder central. En síntesis, el fenómeno de la piratería hubo por desmembrar las relaciones sino-japonesas en el s. XVI, pues el contexto histórico que vivía el archipiélago hizo que no pudiera hacer frente ante esta contingencia. Una vez restablecida la centralidad en el archipiélago, durante el Perído Azuchi- Momoyama (1568-1600), “Japón invadió a Corea en 1592 y 1597, lo que instó a China a defender a su vasallo, enfrentándose con el país atacante”[28]. Estos acontecimientos fueron una muestra clara de que las relaciones pacíficas e indispensables que China y Japón que alguna vez estrecharon, terminaron por desmantelarse.

Imagen ilustrativa sobre las embarcaciones usadas por los Wako.


Para finalizar, hemos intentado analizar cómo se presentaron las relaciones establecidas entre la Dinastía Ming y el Periodo Muromachi, haciendo énfasis en factores diplomáticos, comerciales y culturales. La actividad diplomática que les caracterizó puede ser entendida en función de los intereses y tradiciones propias de cada pueblo aludido. Para efectos de Japón, el ejemplo del shogún Yoshimitsu evidencia un interés comercial respecto a la adscripción al sistema tributario chino. Por otro lado, el contexto histórico en el que China se hallaba inmersa, se amparó en evocar la tradición ancestral del sistema tributario, que la posicionaba como el “país central”. El factor económico fue un aspecto que fortaleció las relaciones que se hubieron de prolongar por más de dos siglos, pues el intercambio de productos indispensables y artefactos estéticos terminaron por crear una red estructural, que sólo la irrupción violenta de los piratas japoneses en las costas de China logró desmantelar. Por último, cada proceso histórico marca una huella en la cultura material de una época, siendo la pintura Sumi-e una expresión artística que tuvo su origen justamente en este período de retroalimentación cultural china, y tiene pervivencia hasta nuestros días.


 

Notas al pie:

[1] China

[2] Botton, p. 313

[3] Botton, p. 313

[4] Botton, p. 313

[5] Walker, p. 68

[6] Walker, p. 68

[7] Walker, p,68

[8] Segundo emperador de la Dinastía Ming

[9] Motte, p. 613

[10] Motte, p. 613

[11] Motte, p. 613

[12] Motte, p. 613

[13] Almarza, p. 142

[14] Seco, p. 64

[15] Walker, p. 69

[16] Motte, p. 613

[17] Botton, p. 317

[18] Sato, p. 9

[19] Sato, p. 9

[20] Ineaga, p. 109.

[21] Sato, p.9

[22] Sato, p. 9

[23] Almarza, p. 142

[24] Botton, p. 317

[25] Xu, p. 258

[26] Botton, p. 317

[27] Botton, p. 317

[28] Botton, p. 317

 

Bibliografía:

Almarza, Rubén. Breve historia del Japón Feudal. Madrid: Nowtilus saber, 2018.

Botton, Flora. China, su historia y cultura hasta 1800.México: El Colegio de México, 1984.

Henshall, Keneth. A histoy of Japan from Stone Age to Superpower. Londres: Palgrave Macmillan, 2012.

Ienaga, Saburo. Japanese Art: A cultural appreciation. New York: Weatherhill, 1978.

Motte, Frederick. Imperial China 900-1800.Cambridge: Hardvard University Press, 1999.

Seco, Irene. Breve Historia del Japón. Madrid: Sílex, 2010.

Walker, Brett. Historia del Japón. Madrid: Akal, 2015.

Wayne, William. Japan to 1600: a social and economic history. Hawaii: University Of Hawaii, 2009.

Xu, Guangqiu. World Eras: Imperial China 617-1644. U.S.A: Thompson Gale, 2003.

Sato, Shozo. Sumi-e: The Art of Japanese Ink Paiting. Tokyo: Tuttle Publishing, 2014.

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