El bosque sangriento, de Sion Sono: absurda realidad en Netflix

Allá por el año 2001, justo en medio en lo que yo llamo el “boom del J-horror del nuevo milenio”, el nombre de Sion Sono comenzó a hacerse conocido por su célebre película El club del suicidio. Con un humor negro casi demencial, gore y una velada crítica social a la elevada tasa de suicidios en Japón, este creador nos dejó saber que su estilo no era para todos. Sin embargo, si llegabas a enganchar con sus temas e idiosincrasias, no había vuelta atrás. Todo lo de Sion Sono tiene un gusto extraño, desagradable en ocasiones, pero aun así lo sigues consumiendo.


Por esta razón, cuando supe que Netflix estaba detrás de su nueva película, mi primer pensamiento fue que Sono-sensei estaba tratando de probar su mano y llegar a un público más amplio. Sinceramente, no podía imaginar a esta plataforma produciendo algo como la monumental Love Exposure, ni mucho menos algo en la línea de Antiporno. Sin embargo, había algunas pistas que me indicaban que El bosque sangriento o The Forest of Love, como se le conoce internacionalmente, no era un destilado de lo que hace a este autor tan deliciosamente escandaloso.

Inspiración real. Ejecución extrema

Aunque tendemos a idealizar Japón como uno de los lugares más seguros del mundo, este país no está exento de crímenes que, incluso para los fanáticos de crímenes reales, suelen ser especialmente macabros. El caso de Junko Furuta o el asesino Otaku son más o menos conocidos. Sin embargo, aunque igual o peor en términos de crueldad, los asesinatos de Futoshi Matsunaga no suelen traerse a colación.


The Forest of Love toma inspiración de este caso ocurrido en los 90 en el que Matsunaga, junto con su pareja y secuaz, Junko Ogata, fueron responsables de la muerte de aproximadamente siete personas. Lo curioso es que casi todas las víctimas eran familiares cercanos de la misma Ogata y que, Matsunaga en rigor, jamás fue el asesino directo. La familia Ogata se mató entre sí. Niños, ancianos, mujeres y hombres murieron a manos del otro gracias a la manipulación y el abuso físico y emocional de Matsunaga. Sin embargo, cabe destacar que tal nivel de control mental no venía solo de la agresión, sino que del carisma. Matsunaga era un estafador que sabía “enamorar” a las personas. Ponía a los miembros de la familia en contra y se aseguraba que él fuese visto como una suerte de líder de culto. El escape de una de sus víctimas de 17 años fue lo que puso fin a años de crueldad.


Este caso hizo muchas olas en Japón y los detalles más cruentos del caso no fueron divulgados por la prensa a modo voluntario. En cambio, Sion Sono no escatima en mostrarnos todo lo que aquellas personas fueron capaces, pero también cómo la manipulación se produce sin darnos cuenta. Siguiendo la vena del Matsunaga original, Sono nos presenta a Joe Murata, un estafador que seduce a las mujeres de familias pudientes para luego quitarles el dinero. Al principio se nos muestra como un tipo ridículo, exagerado, casi patético. No obstante, conforme nos confiamos, vamos viendo como un carácter cruel y enfermo se escapa de su sonrisa bonachona. Vemos cómo Murata comienza a engatusar a la traumatizada Mitsuko, una joven que se rehúsa a salir de su habitación. Sin haber logrado superar la muerte de una compañera de clase y con un suicidio colectivo fallido, ella es aparentemente la presa perfecta. Taeko, su amiga de la escuela ya conoce a Murata y trata de advertirle sobre el riesgo de involucrarse con él. Desafortunadamente, Mitsuko se niega a escuchar a Taeko por el pasado que las une y por su desesperación de huir de su estricta familia.


Viendo cómo Murata va extendiendo más y más sus redes sobre Mitsuko, Taeko decide reclutar a un grupo de amigos Jay, Fukami y el chico nuevo, Shin para hacer una película sobre Murata. El grupo espera comprobar que Murata es un asesino serial que azota la ciudad y mostrarle a Mitsuko cómo es realmente su prometido. El grupo de jóvenes toma el proyecto como algo divertido, pero pronto se da cuenta de la extensión de la locura del mundo de Joe Murata. Mujeres abusadas, dañadas y estafadas aún profesan su amor por el sujeto. Sus empleados están llenos de golpes propinados por él, pero aún así lo siguen fielmente. Los chicos sienten que están libres de la influencia de Murata, que son meros observadores, pero cuando este se involucra en el proyecto, poco a poco caen en su influencia macabra. Las líneas entre la realidad y la fantasía de nublan cada vez más y el grupo cae irremediablemente en la amoralidad.


La pureza como falta de consciencia

Sono es un director que toma aspectos de la realidad y los transforma hasta un punto de resultar cómico o perturbador. En cierta forma, no se aleja mucho del teatro de lo absurdo. La gente tiende a creer que, porque algo es ridículo, se aleja de la realidad. Sin embargo, lo ridículo puede ser una representación extremadamente fiel.

Despojado de los matices, los personajes son lo que son y podemos ver cómo somos, a fin de cuentas, seres inmersos en el caos. En El bosque sangriento, Joe Murata habla cómo es un ser puro, lleno de amor. Por supuesto que nos reímos porque sabemos que es todo lo contrario. Lo que no nos damos cuenta es que, en cierta forma, está diciendo la verdad. El amor puede ser hermoso, pero llevado al extremo puede ser obsesivo. La pureza se puede definir como un estado en blanco. Murata es una persona tan pura que no siente culpa ni empatía. Solo existe para satisfacer sus deseos inmediatos y alimentarse de la devoción que los demás le profesan.

La película que no es muy digerible, sobre todo en términos de violencia. El gore me descolocó, incluso cuando el género del terror es lo mío. Aun así, lo que más me dejó perturbada no fue la sangre ni las vísceras. Lo que me dejó mal fue ver cómo cada personaje se vuelve “puro”. Cuando se despojan las ataduras de la sociedad y un sicópata es quién valida tu mundo, solo queda tu verdadero yo. Lamentablemente, en este filme, casi todos son personas horribles. Los que no lo son, son los que finalmente sucumben a manos de los otros. Ni siquiera el consuelo de saber que es ficción te da algo de tranquilidad. Cuando ves a Mitsuko haciendo los actos más abyectos con una sonrisa en su rostro, una parte de ti te recuerda que esto pasó en nuestra realidad. Sion Sono juega contigo y te hace creer que Joe Murata es una caricatura, pero es rápido en recordarte que, en algún momento, el universo puso a alguien así en nuestro mundo. Eso es para mí lo más aterrador.


El bosque sagriento es una película larga y extraña. No se la recomendaría a todo el mundo por su nivel de violencia y esa rareza que impregna el trabajo de Sono. Sin embargo, si lo tuyo es el cine japonés más transgresor, este título es imperdible. Ya ni siquiera es solo sobre los crímenes de Matsunaga o Joe Murata, es sobre la condición humana. ¿Qué pasa cuándo perdemos el control de quién somos? Es fácil decir que nosotros seríamos capaces de escapar una situación así, que no nos dejaríamos manipular. Curiosamente, es esa confianza la que nos hace vulnerables a volvernos un ser puro, un lienzo en blanco en que otra persona sin moral pueda reescribir nuestra historia.





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