La casa de las bellas durmientes

La elección de mi lectura de este mes se basó en que después de leer tanto acerca de gatitos y novelas livianas, sentí que tal vez debía hacer un aporte un poco más “intelectual”, por así decirlo. Es por eso que decidí leer algo de Yasunari Kawabata, quien en el año 1968 recibió el Premio Nobel de Literatura, y mi elección fue La casa de las bellas durmientes, novela corta escrita en el año 1961.

Desde sus primeros párrafos me sentí un poco a la defensiva. Había leído algunas reseñas que la describían como una “novela perturbadora”, lo que me mantuvo muy nerviosa al inicio. Y no fue difícil descubrir el porqué: en sus primeras páginas se señala que el protagonista, el viejo Eguchi, un hombre de 67 años, va a un prostíbulo muy especial; uno en que sedan profundamente a la joven seleccionada por la regenta para permitirle a un anciano recordar sus “días de gloria como hombre” al dormir con una bella mujer.


Las normas de la casa eran claras. El cliente era conducido a la habitación donde lo esperaba la joven sedada y completamente desnuda. Él se acostaba junto a ella para dormir a su lado, con el compromiso de no hacer “nada indecoroso”. Además, se le dejaban dos pastillas para dormir bajo su almohada. La finalidad era que estos sujetos que “ya no eran hombres”, en referencia a su impotencia sexual, sintieran el placer de compartir el lecho con mujeres jóvenes y bellas sin ser rechazados, tal como lo habían hecho años atrás, cuando todo el vigor masculino aún corría por sus venas. En cada una de sus visitas, cuatro en total a lo largo de la novela, Eguchi analiza profundamente su relación con mujeres importantes de su vida: desde un amor de juventud, su hija menor, una prostituta y su madre. Llama la atención que su esposa nunca haya sido nombrada, sino que permanece como un personaje secundario de alguno de sus recuerdos.


La tensión del libro se centra en que con cada visita de Eguchi a la “casa” van creciendo dentro de él dos fuerzas bastante potentes: una que tiene que ver con la muerte, tanto la suya como la de las jóvenes que yacen a su lado (¿qué pasaría si la estrangulara mientras está sedada?) y la otra tiene que ver con la energía sexual latente que aún tiene el protagonista, la que generalmente se manifiesta con sus ganas de “tomar a la fuerza a estas mujeres”. Todas estas escenas resultaron ser bastantes perturbadoras para mí. Por cierto, estas fuerzas van haciendo que el personaje se sienta altamente conflictuado y obsesionado, como logra transmitir en uno de los párrafos:


Tal vez cometieron un error al permitirme venir porque yo no soy como esos otros hombres que vienen acá y solo se conectan con la melancolía por los tiempos en que eran hombres de verdad. En mí hay algo que me impulsa a romper las reglas de esta casa.

Perturba también saber que algunas de las mujeres eran menores de edad. Y si bien no había sexo de por medio, Eguchi sí menciona haber pagado a una prostituta de 14 años en uno de sus recuerdos. Aunque en la casa que visita el protagonista por regla no había sexo involucrado, no se siente cómodo leer sobre niñas prestando este tipo de servicios.


El personaje de Eguchi representa lo “masculino” que se siente realizado y seguro por su capacidad sexual. Constantemente se recalca la idea de estos hombres viejos que ya dejaron de ser hombres sufren al saber que ninguna mujer joven querría dormir con ellos y que se avergüenzan por no ser capaces de responder sexualmente ante ellas. Ante este “modelo de pensamiento”, nace esta casa en la cual, al fin y al cabo, se recreaba la rica sensación del dormir y despertar con quien habías disfrutado de una placentera noche de sexo.


La novela posee una mirada bastante machista, donde las mujeres se muestran como seres casi sin voluntad, obedientes a sus padres y, una vez casadas, a sus maridos. Es más, en uno de los recuerdos del personaje principal, llega a la memoria su hija, una mujer bastante libre y que tenía dos pretendientes, pero tras haber sido violada por uno de ellos, ella decide quedarse con el otro candidato. Sin embargo, el razonamiento de Eguchi es contrario a lo que podríamos pensar sobre el apoyo de un padre en una situación tan dramática como la violación de una hija. Kawabata deja entrever que al protagonista solo le obsesiona el hecho de que uno de los pretendientes “tomara a la fuerza” a la muchacha. Así queda reflejado un momento:


¿Será normal que piense tanto en la primera relación sexual de mi hija?


Otro punto que llamó mi atención desde una mirada más literaria es que no me queda claro si se debe a la traducción o al estilo sutil del autor, pero muchas veces me era muy difícil entender realmente lo que el protagonista quería expresar, pese a que el tema tiene un componente sexual imposible de ignorar. Supongo que puede deberse a que la novela fue escrita hace unos sesenta años en un país bastante conservador, donde hablar abiertamente de ciertos temas no era lo común. Desde ese punto de vista, podría decirse que Kawabata fue bastante audaz para su tiempo.


Dado lo descrito, durante toda la novela, me sentí tensa al ser testigo de cómo poco a poco algo siniestro iba apareciendo en este hombre. Y pese a que es una novela corta, me costó mucho poder terminarla. Además, ese “masculino” que toma lo que quiere y un femenino “sumiso” relegado a un tercer plano causa bastante ruido en la actualidad. Por tal motivo, después de esta perturbadora novela elegiré algo más liviano para la recomendación del próximo mes. Volveré a conectar con el Japón de los gatos.

 

Consideraciones:


Para la creación de este artículo se leyó la edición de La casa de las bellas durmientes en inglés, editado por Vintage International, y la versión en español traducida por Pilar Giralt.

Portada: La casa de las bellas durmientes, editorial Austral (2013)




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