Un encuentro con el wabi-sabi: apreciaciones estéticas de un viaje al sur de Chile

El día 5 de febrero del presente decidí emprender un viaje hacia el sur de Chile, el que tuvo como destinos principales la ciudad de Valdivia, Puerto Varas, Ensenada, Frutillar y distintos lugares de la Isla Grande de Chiloé. Una travesía que iba más allá del turismo, pues tuvo una alta trascendencia social, contemplativa y hasta sanadora. Lo anterior sin perjuicio de quienes deciden planificar su viaje de diferentes maneras, con la finalidad de abarcar diversos destinos en tiempos determinados. Cabe destacar que inicié la travesía en solitario, dirigiéndome por un fin de semana a la ciudad de Rancagua, donde me encontré con una valiosa amistad que no veía hace años, lo cual fue bastante fructífero y grato, ya que comprometió el desarrollo de diferentes dimensiones que implicaron hasta mi relación con el Asia del Este (visitar restaurantes chinos y dar cuenta de su decoración, por ejemplo). Luego, me encontré con un gran amigo en la ciudad de Valdivia, con el cual continuamos la travesía por el sur de Chile hasta nuestro punto de retorno.


Entre diversos destinos, paisajes, naturaleza, contextos personales, emociones y vinculación con el medio social, una sensibilidad latente me permitió, tanto a mí como a mis compañeros de viaje, experimentar diversas impresiones relacionadas con la conciencia de estar viviendo aquellos momentos, la fugacidad de estos, el paso del tiempo en los tantos escenarios, tangibles o intangibles, y la difícil aceptación de que, si existe algo constante y quieto en nuestra vida, es la impermanencia.


Los conceptos de wabi (侘) y sabi (寂), en palabras de María Elvira Ríos, “tuvieron su origen en China, pero fueron desarrollados en Japón, y sugieren cualidades como efímero, humildad, asimetría e imperfección” (Ríos, 2017). Por otro lado, Leonard Koren “destaca tres características naturales de las cosas que definirían ambos conceptos: todas las cosas son efímeras, todas las cosas son imperfectas y todas las cosas son incompletas: <<Aceptación de lo inevitable>>” (Ríos, 2017). Para el autor, wabi y sabi “es la apreciación estética de la evanescencia de la vida, y las imágenes wabi-sabi nos fuerzan a contemplar nuestra propia mortalidad, y evocan una sola y delicada tristeza” (Ríos, 2017). Finalmente, Daniela López afirma que el concepto remite a “la belleza estética de aquello que es “efímero” y que trae consigo melancolía por el reconocimiento de que aquel objeto o ser contemplado, perecerá” (López, 2017).


En la cultura japonesa, el wabi-sabi “puede verse en expresiones como “la ceremonia del té, el arte del Ikébana, el teatro y también en la literatura” (López, 2017). Sin embargo, una manifestación artística, el kintsugi, “la cual consiste en una técnica ancestral desarrollada en el archipiélago durante el s. XV, donde se reparaba un objeto roto (mayormente cerámicas) acentuando sus grietas con oro, en lugar de ocultarlas, es una expresión viva de esta noción estética” (Santini, 2019). La autora Celine Santini afirma que el “kintsugi encaja en el concepto de wabi-sabi, pues invita a reconocer la belleza de las cosas simples, imperfectas y atípicas” (Santini, 2019).

Pieza de cerámica reparada con la técnica del kintsugi

Considerando la trascendencia del concepto y sus manifestaciones en diversos elementos relacionados con el arte, la arquitectura, la vida cotidiana, los momentos y, por, sobre todo, las antigüedades, pudimos familiarizar (tanto mis acompañantes como yo) aquella noción en el viaje, con diversos escenarios que lograban alinearse con las dimensiones del wabi-sabi.


La entrada de la medialuna de Rancagua es una edificación muy llamativa, que recuerda a las construcciones de las haciendas de a comienzos del siglo pasado. Su fachada es capaz de transportar al espectador hacia otras épocas de nuestra historia, vividas por él o no.



Sus muros de color mostaza, en contraste con el marrón oscuro de su tejado, puertas y ventanas, dan una sensación de armonía dentro de la gama de colores cálidos. Los árboles potencian el simbolismo del escenario, permitiendo saborear aún más aquel Chile prístino, arraigado a la tradición y a las dinámicas del mundo rural. Sin embargo, esta puesta en escena se complementa con un poste eléctrico, el cual da cuenta del paso del tiempo, la conformación de un país que se moderniza y avanza latentemente. Por otro lado, la techumbre acumula años y años de hojas, ramas, excremento y otros elementos que aportan a su deterioro.




El paso del tiempo en la madera, el cemento, las lluvias, el calor y la pintura descascarada son evidentes en la construcción, implicando “imperfecciones” que, lejos de otorgarle “fealdad” o “desaliño” al escenario, complementan los elementos esenciales de este, resonando en el perceptor sensible la noción del “wabi-sabi”.


Por otra parte, en el hostal donde nos hospedamos en la ciudad de Valdivia, me encontré con una impronta característica de las construcciones residenciales de la zona sur de nuestro país. Fachadas e interiores donde la madera ocupaba el mayor porcentaje del material de construcción; formas y colores que creaban un producto característico y distintivo de la región; y jardines con especies como la rosa mosqueta, el maqui y hortensias azules. Estas últimas son las protagonistas del siguiente escenario retratado.


En el área del antejardín del hospedaje yacía una mata de hortensias azules, muy comunes en los jardines japoneses, junto a un pino y un par de flores silvestres, además de la fachada del hospedaje y una cerca rústica, hecha de trozos de madera sin pulir y un alambre desproporcionado a las simetrías de los espacios de esta. Por un lado, las dos hortensias del primer plano, que estaban en la plenitud de su floración, perecerían a las semanas después de tomada la fotografía, cuales ejemplares visibles en la parte inferior. Paulatinamente sus pétalos se secarían y comenzarían a caer o volar, cual ikebana de ciruelo en flor en un jarrón de cerámica seto-yaki. La fugacidad de la vida y la belleza de lo efímero representados en la corta duración de una flor común de encontrar, tanto en la zona sur de nuestro país, como en los jardines japoneses más esplendorosos. La cerca, por su parte, complementa el escenario de las bellas hortensias, corrompiendo “la armonía” que un occidental pensaría completar con un pequeño corral de tablas lijadas, pintadas, o bien, prescindiendo de este, pero en su lugar, otorga esa “imperfección” o “desprolijidad” esencial dentro de la estética wabi-sabi.


Dentro de todos los lugares que pudimos hallar en Puerto Varas, ciudad bañada por el Lago Llanquihue y bordeada por imponentes volcanes como el Osorno y Calbuco, agraciadas edificaciones de impronta alemana, edificios modernos y abundante vegetación, un escenario existente en un bar llamado PIMS, ubicado en Calle Santa Rosa n° 580, y de usanza “irlandesa”, logró robar mi atención.


En un espacio “relegado” del bar, yacía un calefactor de patio en mal estado, un extintor, una raqueta ornamental y tres cuadros: uno a la izquierda, haciendo alusión al estilo pop art; y dos a la derecha, evocando carteles y publicidad características de a mediados del siglo pasado. El color lúcuma de las paredes permite que se dé un juego de colores cálidos, contemplando el rojo del extintor, el marrón de la mesa, y los detalles de los cuadros del escenario, dando especial armonía a la gama de colores de la imagen, acompañada de grises y blancos que aportan sobriedad. La irrupción de elementos como la raqueta, el extintor y el calefactor entorpecen lo que podría ser una representación histórica de una “cantina” de décadas pasadas, no obstante, forman parte de la imagen y brindan matices que completan su trascendencia. Por otro lado, ya establecida la relación estética del escenario con el wabi-sabi, vislumbra el impacto emocional que puede ocasionar en el perceptor. Dos personas compartiendo en un local de un lugar ajeno a su zona de origen, disfrutando de un trago, comida y música en vivo en el ocaso del verano, ante un otoño inminente que traerá consigo la vuelta sus realidades cotidianas, sumado a recuerdos de una experiencia irrepetible que sólo tendrá lugar en su memoria, ante la incertidumbre de un futuro basado en la idea de la impermanencia.


Una vez en la Isla de Chiloé, una serie de bellezas, tanto arquitectónicas como naturales lograron cautivar nuestro ojo sensible. Construcciones coloridas, las iglesias características de la isla, cuyo inmenso valor cultural se traduce en ser patrimonio de la humanidad, palafitos, bosque nativo y el estremecedor canto de las bandurrias, implicaron una serie de resonancias que lograron hacer de nuestra estancia en la isla, una aventura significativa, digna de rememorar en cada momento de la posteridad.


Un restaurante en el sector de Cucao despertó en mi un especial misterio, considerando que jamás vimos sus puertas abiertas al público, ni especial movimiento dentro de él.



Su impronta rústica, la oscuridad de su interior, además de la evidencia del paso del tiempo en sus materiales de construcción, evoca lo que podría ser, para ojos occidentales, una construcción lúgubre y deprimente. Aun así, la frondosa vegetación característica de la Zona Sur de Chile, con su intenso verdor y coloridas flores, imprimen un contraste en la fotografía, potenciando la idea de lo efímero, el correr de las décadas y complementa la “imperfección” de la construcción de madera, azotada por las lluvias, el uso y las inclemencias del clima. Como producto, obtenemos un cuadro digno de enmarcar dentro de la estética wabi-sabi, donde lo estropeado, antiguo, “vacío”, opaco y “abandonado”, se logra completar con las expresiones de la naturaleza, en el húmedo verano chilote, siendo contemplado por dos perceptores sensibles en el crepúsculo de sus vacaciones, anunciando el cese de aquellas bellas y gratificantes instancias, que, a pesar de su grandeza, salvo en la memoria, no son inmunes a la fugacidad de la vida.


El último día de nuestro viaje, una escena cotidiana resonó en nuestra mente, algo simple, sin mucho detalle, pero significativo aplicando las nociones de la estética asiática. Era nuestra carpa a minutos de ser desarmada, en un camping cuya superficie intentaba atentar lo menos posible con las dinámicas del bosque nativo. En este cobijo se dejaron caer gradualmente los rayos del sol, bloqueados por la sombra de arrayanes y nalcas. Junto a los húmedos vientos del sur, penetró un extraño nerviosismo en nosotros, lo que podría entenderse por la presión de desmantelar lo más pronto posible con el fin de retornar a Castro a tiempo.



No obstante, la sensación distaba mucho de ser lo que imaginamos. Contemplamos la carpa durante unos 5 minutos, rememorando lo emocionante de nuestra aventura por distintas locaciones del sur de Chile, aunque con un tinte nostálgico, acompañado de una suave tristeza. Tal resonancia, sin lugar a duda, nos acercó a la noción de mono no aware (物の哀れ) que, según Motoori Noringa, vendría traduciéndose como “el lamento de las cosas”, entendiéndose desde una óptica budista como esa tristeza que emana del mundo por su naturaleza efímera” (López, 2017). Aquello que nos había dado tanta felicidad, alegría, gozo, serenidad, tranquilidad, entre otras, no escapaba a la impermanencia, y estaba a punto de caducar. Entre miradas abatidas y negaciones procedimos a embalar, pues era necesario el cese de aquel curso para enfrentarnos a los nuevos desafíos que traería el presente año.


De esta manera terminaban tres intensas semanas, una travesía comenzada en solitario, que fue nutriéndose en la marcha de grata compañía. Donde cada matiz, experiencia, sensación, desliz y amenidad dieron lugar a un sinfín de ecos en los diferentes lugares, cuyas características indicaron familiaridad con nociones claves de la estética japonesa como el wabi-sabi y el mono no aware. Un viaje que nos ayudó a ser conscientes de la belleza de lo lúgubre, de lo cautivador que resultan las grietas en las fachadas de construcciones antiguas, de la satisfacción que puede llegar a ser la irrupción de la naturaleza en “sucuchos abandonados” y, finalmente, de la aflicción que produce el dar cuenta de que, cada circunstancia, por muy grata que sea, no es inmune al paso del tiempo, a la caducidad, cuales flores de ume en algún parque de la prefectura de Osaka en los primeros días del mes de marzo.


 

Bibliografía:


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