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Traducción, Japón y América Latina: entrevista con Matías Chiappe

30 sept
14 min de lectura

Matías Chiappe Ippolito (1984) es un referente en los estudios culturales vinculados a Japón en la actualidad. Se ha desempeñado como profesor en diversas universidades, entre ellas el Centro de Estudios de Asia y África de El Colegio de México y la Universidad Waseda en Tokio. En esta última realizó un doctorado cuya tesis abordó la relación entre la literatura japonesa y la latinoamericana. También ha trabajado como investigador en áreas como la literatura japonesa contemporánea, la traducción y los vínculos culturales entre Japón y América Latina.


Dentro de su amplio trabajo con editoriales latinoamericanas y españolas, destacan las argentinas Chai Editora, Evaristo y También el Caracol; la chilena Noctámbula y la española Shiro Libros. Entre sus trabajos más recientes se encuentran las traducciones de Máscaras femeninas, de Fumiko Enchi, publicada por Chai Editora; de Ore ore. La historia de todos mis yo, de Tomoyuki Yoshino, publicada por También el Caracol; y Perlas seguido de La idiota, publicado por Noctámbula.


Clase magistral presencial + virtual: Una introducción a las corrientes literarias de Japón del 2011 hasta la actualidad (Malba)
Clase magistral presencial + virtual: Una introducción a las corrientes literarias de Japón del 2011 hasta la actualidad (Malba)

En torno a la traducción, sus desafíos y tu conexión con el oficio


1. ¿Qué fue lo que encontraste en la cultura o literatura japonesa que te impulsó a convertir ese interés en una vocación profesional?  


Cuando estaba en los últimos años de mi Licenciatura en Letras por la Universidad de Buenos Aires, decidí empezar a estudiar una tercera lengua (había estudiado inglés desde pequeño), pero quería una que tuviera una grafía distinta al alfabeto latino. En primer lugar, porque quería revivir la experiencia de “aprender a escribir” y, en segundo lugar, porque me parecía un buen entrenamiento para ejercitar la memoria. Averigüé por lenguas como el chino, el árabe, el ruso… y terminé eligiendo el japonés. Nunca había sido particularmente fanático de la cultura japonesa; de chico solo había visto los animes famosos y leído algún que otro manga, aunque me gustaba el cine nipón. El idioma japonés, sin embargo, me fascinó. Es infinitamente variado en cuanto a léxico, registro y gramática, además de tener una historia de adaptaciones y transformaciones que bien podría ser la trama de una novela. Y tiene, por supuesto, los kanji. Me resulta increíble que incluso hoy en día gran parte de la población mundial siga usando estos sinogramas que, a diferencia de los alfabetos, requieren mucho más tiempo de estudio. A cambio, nos ofrecen breves relatos y fragmentos de obras de arte en cada uno de sus trazos. Esa fascinación por el japonés me impulsó a querer conocerlo y manejarlo en profundidad, algo que hoy entiendo es una tarea que lleva toda la vida. Lo profesional fue una consecuencia de capitalizar ese y otros conocimientos, lo que creo haber logrado a través de la academia y de la traducción. De todas formas, le doy menos importancia a la profesionalización o puesta en práctica del conocimiento que a la elección original de un campo del saber que nos fascina y que amerita dedicarnos enteramente. Creo que es más importante encontrar esto último que perseguir lo primero.


2. En tu experiencia como traductor, ¿hay aspectos de la cultura japonesa que consideras especialmente difíciles de transmitir al español? ¿Hay alguno que sientas que suele perderse o quedar fuera del texto traducido? 


Todo lo que implica la visualidad de un kanji ya nos impone un límite y nos obliga a perder en la traducción del japonés a cualquier lengua no ideogramática. También hay muchos términos que resultan difíciles de traducir, algunos que han llevado a personas a afirmar que el japonés es una lengua intraducible o entendible únicamente por japoneses. Esto solo

podría decirlo, sin embargo, alguien que desconoce tanto el japonés como el funcionamiento de las lenguas en general. Todas tienen palabras que no existen en otras, pero también todas poseen mecanismos propios para transmitir sentidos, matices y particularidades ajenas. En esa dirección, me encanta la definición de Gérard Genette: “no existen las lenguas traducibles”. Está en el traductor encontrar el camino. Cuando traduje Gato azul, de Hagiwara Sakutarō (Noctámbula, 2021), me topé con la palabra gibōshi, que son las esferas que decoran los puentes tradicionales japoneses. No la traduje. Me pareció que, tratándose de poesía, extender el verso con una explicación arruinaría la cadencia y la métrica. Pero, quizás tendría que haber agregado una nota al pie… Todavía lo recuerdo como una derrota por lo que expliqué antes: siempre hay formas en que una lengua puede reproducir aspectos de otra, gracias a la pluma de un buen traductor.


3. A lo largo de tu trabajo con autores como Sakutaro Hagiwara u Osamu Dazai, ¿hubo alguna obra que te haya resultado particularmente desafiante al momento de traducir? Si fue así, ¿se debió al lenguaje, al estilo del autor o a referencias culturales complejas de adaptar al español? 


Las novelas Los años de espera y Máscaras femeninas, de Enchi Fumiko —ambas publicadas por Chai Editora—, fueron muy desafiantes. Pero se debió menos al japonés que a la erudición infinita de la autora. Enchi tiene un conocimiento vasto de la cultura de su país, incluyendo la historia literaria, la dramaturgia, la indumentaria, la religión, la gastronomía… Conocía todo esto y más como una verdadera experta. Y el léxico que usa en la mayoría de los casos es sumamente especializado: desde peinetas para el cabello que se usaban en el siglo XIX, hasta elementos de un escenario de teatro. Me llevó mucho trabajo reponer ese léxico que yo desconocía. También me costó traducir algunos relatos de Sakaguchi Ango, especialmente aquellos que compilé en Sakaguchi Ango. Farsas y ensayos (Evaristo, 2024). La mayoría de esos textos, no antes traducidos a otras lenguas, fueron escritos por Ango en plena borrachera; de modo que su gramática es críptica, por no decir inentendible. Tuve que poner mucho en mi traducción, no para “completar” el texto de partida, sino para comprenderlo y transmitir su sentido y efecto.


4. Has traducido tanto poesía como narrativa japonesa. ¿Sientes que alguno de estos géneros te exige más como traductor? ¿Con cuál te conectas más a nivel personal y por qué? 


Leo más poesía que prosa. Siempre recuerdo las palabras de Víktor Shklovski, que seguro estaba parafraseando en ellas a Mayakovski o algún otro poeta: “si quieres escribir buena prosa, lee poesía”. Y me encanta también traducirla. Siento mayor libertad y potencial creativo al hacerlo. Pero como traductor uno debe tener mucho cuidado de no entregarse demasiado a la libertad y a la creatividad, olvidando que la actividad prioritaria del traductor es, bueno, traducir. Eso implica trasladar de una cultura a otra antes que satisfacer nuestras egocéntricas aspiraciones creativas. Por esta razón, soy muy respetuoso y selectivo al momento de traducir poesía. Solo traduje haikus, por ejemplo, cuando me lo pidieron para alguna actividad pública o para una clase. Mucha gente piensa que, como es un poema breve, es más fácil de traducir. Es una trampa pensar eso. Traducir haikus requiere un vasto conocimiento del japonés y de la historia literaria japonesa, pues muchos de estos poemas hacen referencia a otros anteriores. Me permito recomendar a traductores noveles de japonés que no empiecen por el haiku. Primero, por la antedicha dificultad encubierta, y segundo, porque toda la estética del haiku está entrelazada por estereotipos que los primeros traductores de japonés hicieron del país y por estereotipos autóctonos. Agrego un ‘tercero’: porque el haiku es archi-mega-conocido y, en cambio, hay un sinfín de géneros y formas poéticas japonesas aún desconocidas. Ahora bien, lo que más traduzco en realidad es narrativa, lo que también me encanta. Amo, sobre todo, las novelas que nos meten en un mundo al que jamás habríamos entrado de otra forma. Penetrar en la casa de un ex-samurái, que ahora vive con su esposa y amantes, de la mano de Enchi en Los años de espera es un viaje y un aprendizaje inigualables. Siempre pensé que el mayor valor de la literatura es acarrearnos al universo de ‘lo diferente’, incluso en contra de nuestra voluntad; solo así uno aprende del otro y, simultáneamente, de uno mismo. Quizás por eso terminé dedicándome a la literatura japonesa…


5. La mayoría de los títulos que has traducido al español pertenecen a la primera mitad del siglo XX. ¿Hay alguna otra novela, antología o poemario publicados en los últimos 50 años que te interese traducir?


Me gustaría traducir a Murakami Ryū, a Nakagami Kenji, a Kurahashi Yumiko, entre otros autores contemporáneos. Actualmente, estoy traduciendo a Mita Munesuke, un sociólogo que, en los setenta, fue profesor invitado del Centro de Estudios de Asia y África de El Colegio de México, donde ahora soy profesor de literatura japonesa. En ese viaje, Mita quiso reproducir el viaje de Castaneda en Las enseñanzas de Don Juan y escribió un libro al respecto. Lo cierto es que jamás habría dado con ese libro de no haber investigado sobre escritores japoneses que viajaron a América Latina, y quizás tampoco de no haber empezado a trabajar en El Colegio de México. Mi punto es que ese texto llegó a mí por sí solo, no por decisiones o caprichos propios. Obviamente, hay cuentos, poemas y ensayos japoneses que quisiera traducir porque, uno, me gustan, y dos, porque servirían al desarrollo de los estudios sobre Japón en América Latina. Pero, en el fondo, me gustan mucho más las traducciones que llegan a mis manos por obra del azar, del destino. Me pasó lo mismo con Hōjō Tamio. En 2022 me contactaron los editores de También el Caracol, Mariana Alonso y Miguel Sardegna, para que tradujéramos a Dazai. Luego me comentaron su idea de traducir a Hōjō: yo desconocía al autor, de modo que llegó a mis manos —como les decía antes— azarosamente. En 2024 traduje sus cuentos y registros sobre la vida en un leprosario, reunidos en La primera noche de la vida, y este año traduje su correspondencia con Kawabata Yasunari . Ambos libros están entre mis traducciones favoritas, en gran parte porque mi conexión con el autor fue azarosa y fortuita.


En torno a la recepción actual de la literatura japonesa:


6. Antes de trabajar con la Editorial Noctámbula y ser invitado a presentar Los años de espera en nuestro país, en Librería Nueva Altamira, ¿tenías alguna idea preconcebida sobre la recepción de la literatura nipona en Chile? De ser así, ¿cómo se alinea aquella idea con lo que pudiste ver después de tu visita?


Soy amigo de Pedro Iacobelli, profesor asociado y director del Instituto de Historia de la Universidad de los Andes, quien es una eminencia de los Estudios de Japón y Asia en Chile. Incluso lo cito en mi tesis doctoral. A través de él, sabía que existe un público muy interesado en la cultura y la literatura japonesas, y que se están abriendo más espacios (académicos y no académicos) para la difusión de estos campos. Creo que es importante que las instituciones académicas y los grupos de divulgación trabajen en conjunto y colaboración. En este sentido, la enorme y sostenida labor que vienen haciendo desde Japonistas Chile —agrupación que ya tenía en mi radar desde antes de visitar Chile en mayo— funciona como faro para nuevos lectores que, si los académicos tenemos suerte, terminarán siendo nuestros estudiantes. Pero incluso si ese ciclo no se cierra de ese modo, la interacción entre espacios académicos y no académicos enriquece tanto la producción como la circulación del conocimiento. Por otro lado, quien me invitó originalmente a dar una conferencia en Chile en mayo fue Manuel Salvador Rivera Espinoza, investigador del Instituto de Estética de la Facultad de Filosofía de la Pontificia Universidad Católica. Aunque se enfoca en China, Manuel tiene un gran interés en difundir los estudios de Asia en general. Creo que, como lectores, divulgadores, académicos, lo que sea, sería importante despegarnos de Japón como nación estática y empezar a pensarlo en función de sus flujos por Asia y el mundo. También sería interesante que los lectores ya predispuestos a abordar una cultura diferente como la japonesa se abran también a otras igualmente disímiles a su propia cultura. En mi caso, por ejemplo, terminé siendo fanático de la literatura polaca precisamente por haberme entregado a esa curiosidad por lo diferente.


7. ¿En qué medida crees que las decisiones del mercado editorial —como privilegiar traducciones desde lenguas dominantes, como el inglés, o enfocarse en best-sellers publicados primero en EE. UU. o Europa— condicionan la forma en que la literatura japonesa llega al lector hispanohablante?


El primer condicionamiento de seguir a rajatabla a las editoriales angloparlantes es que, como hispanohablantes, no podemos generar un corpus de obras japonesas elegidas por voluntad propia. Tenemos que siempre seguir lo que nos dicen. En este sentido, son inmensamente valiosas las iniciativas de traducción de obras no antes traducidas a otras lenguas, como el caso de Hōjō Tamio en También el Caracol. De hecho, esta editorial pone un fuerte énfasis sobre esta cuestión: encontrar autores nuevos, traducirlos por primera vez y abrir caminos a los lectores de literatura japonesa. Casi todo su catálogo mantiene esa intención. Siempre dije que “traducir es investigar”, pero también “editar es investigar”. Hay que conocer bien el mercado editorial hispanoparlante para arriesgarse a publicar a autores nuevos. Pero es comprensible que las editoriales hispanohablantes quieran seguir aquello que ya funcionó en el mercado editorial de Estados Unidos y Europa, y que quieran traducir al español a autores que puedan leer, por lo menos, en inglés. Además, no hay que menospreciar la enorme labor de académicos y traductores angloparlantes que ha sido no solo titánica, sino también sostenida a lo largo de una historia más firme. Chai fue una editorial con la que trabajé en estos últimos términos: ya existían traducciones de ambas obras de Enchi que me convocaron a traducir. Aunque el gesto de También el Caracol coincide más con mi profesión como profesor-investigador, también reconozco que existe un valor en actualizar traducciones y en ofrecer a un público nuevo autores de difícil acceso (por ejemplo, porque las ediciones existentes están agotadas). Además, retraducir significa ofrecer una nueva mirada, lo cual siempre es positivo. Específicamente, traducir al español una obra japonesa traducida antes al inglés permite ver presuposiciones del traductor angloparlante y conocer vicios recurrentes de la traducción del japonés al inglés. En mi experiencia, noté que es muy común que las traducciones al inglés tiendan a sobreexplicar términos en japonés más que las traducciones al español; en lugar de traducir, por ejemplo, solo “konbini”, dirán “konbini, those 24-hour shops that…”. Al chequear la traducción de Los años de espera al inglés, The Waiting Years, encontré muchas divergencias con el original. No digo esto para criticar al traductor John Bester: todos los traductores forzamos un poco los textos. Lo digo para pensar en la traducción como una historia cultural de constantes reinterpretaciones a la cual los traductores aportamos apenas algunos fragmentos, tonos, pasajes.


8. Desde tu experiencia viviendo en Japón y tu trayectoria profesional como traductor, ¿qué consejos le darías a una editorial latinoamericana que recién empieza y quiere adentrarse en el mundo de la cultura y la literatura japonesas? ¿Por dónde crees que debería empezar y qué aspectos culturales o editoriales deberían tenerse en cuenta? 


A las editoriales latinoamericanas que quieran adentrarse en el mundo de la cultura y la literatura japonesas les recomiendo consultar con profesionales en el campo que, sobre todo, hayan vivido en Japón. Pueden no contratarlos como traductores, pero una mera consultoría les abrirá los ojos de formas inesperadas sobre qué leen los japoneses, cómo es una presentación de libros allá, en qué forma operan agentes y editoriales, entre otras cuestiones. Hay gente que todavía cree que Murakami Haruki es lo último de la literatura japonesa. Hay otros que creen que lo más vanguardista en la actualidad son las ‘escritoras mujeres raras’. También está ese género japonés de autoayuda que en el extranjero se lee como literatura: la así llamada ‘literatura de la curación’. Lo cierto es que Murakami, ‘escritoras mujeres raras’ y ‘literatura de la curación’ son construcciones de la academia anglófona. Por eso es tan importante hablar con latinoamericanos o hispanoparlantes que vivan o hayan vivido en Japón, y que tengan o hayan tenido contacto directo con editores y escritores japoneses; eso le servirá a un editor latinoamericano para tener una visión menos sesgada de la literatura japonesa. Agrego que los escritores japoneses no son de tan difícil acceso como parece, pero generalmente se manejan con agentes. Estos suelen hablar en inglés, pero el primer contacto es conveniente que lo haga alguien que maneje los códigos culturales de la comunicación y la negociación japonesas.


En torno a tu trabajo académico como investigador y docente:


9. En tu rol de investigador, te has dedicado a la relación entre la literatura latinoamericana y la japonesa. ¿Nos contarías un poco de eso?


Cuando estaba haciendo mi Licenciatura en Letras en la Universidad de Buenos Aires, comenzó a fascinarme la relación de autores latinoamericanos con la cultura japonesa, fueran poetas del modernismo o escritores como Jorge Luis Borges, Octavio Paz, entre otros. Mi interés surgió de una conexión personal, ya que, al igual que ellos, yo también me sentía atraído por Japón. Luego descubrí autores japoneses influenciados por latinoamericanos. Entre muchos ejemplos menciono al poeta Yoshimasu Gōzō, profundamente influenciado por el poeta brasileño Haroldo de Campos, quien también sentía afinidad por la cultura japonesa. Del mismo modo, autores como Nakagami Kenji y Kawakami Hiromi estuvieron influenciados por Gabriel García Márquez, quien antes se había acercado a la literatura japonesa y escribió “El avión de la Bella Durmiente”, una versión de la novela Nemureru bijo (La casa de las bellas durmientes) de Kawabata

Yasunari. Siguiendo estos impactos desde América Latina hacia Japón, en mi investigación doctoral en la Universidad de Waseda hice un análisis profundo de la recepción de la cultura latinoamericana entre escritores japoneses de renombre, como Shimazaki Tōson, Mishima Yukio, Ōe Kenzaburō y Yoshimoto Banana. Todos ellos viajaron a América Latina y se inspiraron en el arte, la literatura y la historia de la región. A través de mi análisis, identifiqué tres imágenes recurrentes de América Latina en la literatura japonesa: la imagen primitiva, que presentaba a América Latina como una región atrasada; la imagen primigenia, que la presentaba como un espacio de un encanto místico y primordial; y la imagen periférica, que la presentaba en los márgenes de la modernidad occidental, así como un modelo antiestadounidense y antieuropeo. Fue una categorización esquemática sobre la que sigo trabajando.


10. Has dictado clases de traducción literaria. En ese sentido, ¿cuál es la importancia que le das al lugar del traductor hoy en día? ¿Te parece que este rol es bien valorado en la actualidad?


Hay una definición del semiólogo Yuri Lotman que me acompañó desde la primera vez que la leí: “la traducción es el acto elemental del pensamiento”. Para Lotman, traducir no es solo intercambiar palabras de un idioma a otro, sino también transferir significado y contexto cultural; a la vez, esto configura nuestro pensamiento. Además, para él estamos traduciendo constantemente: entre dialectos, códigos no lingüísticos, otros modos de comunicación, símbolos de distinta materialidad y forma, e incluso entre las distintas interpretaciones que cada uno de nosotros hace de una misma palabra escuchada o leída en un mismo contexto (digamos, ‘Japón’). Mi interpretación de las ideas de Lotman es que la traducción es una actividad imprescindible para el ser humano, pues es el andamiaje que sostiene al pensamiento, a la comunicación y, agregaría yo, a la creatividad. En las últimas décadas, los estudios sobre traducción florecieron en todo el mundo; si no se le ha otorgado la importancia que le atribuye Lotman, por lo menos esta disciplina ha adquirido un mayor protagonismo. Es decir, este campo de estudio otorga una especificidad al acto de traducir. Antes se creía que tener una buena pluma —y quizás un conocedor de las lenguas al lado— era suficiente para traducir. Incluso hay quienes creen que el ser reconocidos como escritores los legitima a traducir, lo que para mí es como decir que ser buen cocinero te hace ser buen nutricionista. Ahora bien, a pesar de este avance del campo, aún se ningunea al traductor, como lo demuestran las incontables portadas de libros que no lo mencionan o que lo relegan a la contraportada o a la página de derechos. En una reciente traducción de Kawabata no incluyeron en la portada el nombre de Tana Oshima, la

traductora más importante de japonés al español en la actualidad. ¿Por qué normalizamos eso? Una traducción es una obra compartida entre un autor original y un traductor, aunque la forma en que intervienen en el resultado sea distinta. Invito a las editoriales y a los divulgadores a darle protagonismo a los traductores. Esta entrevista es un ejemplo de ello y lo agradezco enormemente.


11. Trabajas como profesor e investigador en México y has trabajado con editoriales de Chile y Argentina, además de haber dado charlas en varios países del continente. ¿Cuál es tu visión de la importancia de la cultura japonesa para la región?


Japón tiene una relevancia particular para América Latina que radica en la extensa historia migratoria que conecta ambos espacios geográficos. Dicha historia es más importante para nuestra región que, digamos, para Estados Unidos o Europa. En ese punto, detecto ya un enorme valor que conecta nuestras culturas. En mi investigación doctoral intenté mostrar otra conexión: aquella que surgió de viajeros japoneses que visitaron países de América Latina por intereses políticos, históricos, lingüísticos, entre otros. En su mayoría, esos viajes eran intentos por crear puentes transregionales más allá de los establecidos por los centros hegemónicos de producción del conocimiento. Además, existe otro vínculo relevante entre América Latina y Japón: el gusto de individuos o grupos latinoamericanos por la cultura japonesa, que es diferente al que surge en otras sociedades (el ‘gusto’ es, como dice Pierre Bourdieu, un hecho sociológico que difiere según los contextos). Como latinoamericanos, entonces, acercarnos a Japón y a otras culturas permite visibilizar una historia común, romper la lente estadounidense o europea que condicionó nuestra mirada de esas culturas —esto es, independizarse epistemológicamente—, y legitimar gustos propios de la región. Realizar traducciones directas promueve estas posibilidades, pues impacta en el modo en que futuras generaciones latinoamericanas estudiarán y entenderán a otras culturas. Hoy podríamos criticar por muchas razones la traducción realizada por Octavio Paz y Hayashiya Eikichi de Oku no hosomichi (Sendas de Oku), de Matsuo Bashō, pero estableció un hito en la historia cultural que conecta a América Latina con Japón. Los traductores, profesores, investigadores y divulgadores haríamos bien en pensarnos más allá de las prácticas a las que nos dedicamos y asumir sin miedo nuestro rol como potenciales fundadores de hitos similares.


Entrevista realizada por el equipo del Comité de Literatura de Fundación Japonistas Chile.



Créditos fotografías: Malba

 
 
 

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